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El verano que nadie pensó: escuelas cerradas y madres solas frente al problema

El anuncio de la Secretaría de Educación Pública de recortar prácticamente un mes el calendario escolar y adelantar el fin de clases al 5 de junio cayó como una bomba entre millones de familias mexicanas. Y no precisamente porque las niñas y niños “merecen más vacaciones”, como intentan justificar algunos funcionarios, sino porque detrás de la ocurrencia burocrática hay una realidad brutal que nadie parece haber calculado: ¿quién va a cuidar a los hijos de las madres trabajadoras?


La decisión exhibe una desconexión alarmante entre las autoridades educativas y la vida cotidiana de las familias.

Para miles de mujeres, la escuela no solo es un espacio de aprendizaje. También es un lugar de resguardo, alimentación y organización familiar. Muchas madres sostienen su jornada laboral gracias a que sus hijos permanecen varias horas en las aulas y, en muchos casos, reciben alimentos mediante comedores escolares.

Con el cierre anticipado, el golpe es doble:
más gastos y menos posibilidades de trabajar.
Porque alguien tendrá que cuidar a esos niños durante semanas adicionales. Y ese “alguien” casi siempre tiene rostro de mujer.


Las más afectadas serán nuevamente las abuelas, convertidas desde hace años en el sistema de cuidados invisible que sostiene al país. México presume programas sociales, reformas y discursos de igualdad, pero en la práctica sigue descansando sobre mujeres mayores que terminan criando nietos mientras los gobiernos improvisan decisiones desde oficinas climatizadas.

Resulta increíble que la SEP anuncie esta medida justo cuando el costo de vida presiona a millones de hogares y cuando las madres trabajadoras enfrentan jornadas cada vez más precarias.

Y todavía más absurdo es escuchar que “el calor” obliga a terminar antes el ciclo, como si las olas de altas temperaturas fueran una novedad inédita en México.

Generaciones enteras estudiaron en aulas sin aire acondicionado. Incluso los mundiales se vivían en los salones de clases, con televisiones improvisadas y maestras negociando horarios para que los alumnos no se perdieran los partidos. La escuela era convivencia, comunidad y permanencia. Hoy parece que la prioridad institucional es simplemente vaciar planteles cuanto antes.

La pregunta de fondo es otra: ¿cuántas veces más se va a recortar el calendario escolar por cualquier contingencia?

Primero fue la pandemia. Después el calor. Luego las lluvias. Después cualquier ajuste administrativo. Poco a poco se normaliza que las escuelas funcionen menos tiempo, mientras las consecuencias recaen sobre las familias.
Y como casi siempre ocurre, las decisiones las toman funcionarios que difícilmente tendrán que resolver quién cuidará a sus hijos el próximo mes.